URielArte & Poesia

26 de julio de 1952 Buenos Aires
El pueblo argentino desnudo de ella

¡Viva el cáncer!, escribió alguna mano enemiga en un muro de Buenos Aires. La odiaban, la
odian, los biencomidos: por pobre, por mujer, por insolente. Ella los desafiaba hablando y
los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, o a lo sumo para actriz de melodramas baratos,
Evita se había salido de su lugar.
La querían, la quieren, los malqueridos: por su boca ellos decían y maldecían. Además,
Evita era el hada rubia que abrazaba al leproso y al haraposo y daba paz al desesperado, el
incesante manantial que prodigaba empleos y colchones, zapatos y máquinas de coser,
dentaduras postizas, ajuares de novia. Los míseros recibían estas caridades desde al lado, no desde arriba, aunque Evita luciera joyas despampanantes y en pleno verano ostentara abrigos de visón. No es que le perdonaran el lujo: se lo celebraban. No se…

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