En medio de la exigencia el Estado ha sido rebasado

por la violencia y corrupción

 

Moisés Sánchez Ramírez

Moisés Sánchez Ramírez

Martes 18 de noviembre de 2014

Con la llegada del partido político PAN, y la presidencia de Vicente Fox (2000-2006) y Felipe Calderón (2006-2012), la estructura criminal no sólo se mantuvo intacta, sino que se fue fortaleciendo a través del crecimiento de la corrupción. Año tras año, México continuó perdiendo terreno en el informe global de la corrupción de Transparencia Internacional. En el contexto actual, de la administración priista, en medio de la exigencia, el Estado ha sido rebasado por la violencia y la corrupción, el Estado de Derecho sólo existe en los discursos de la clase política y todos en México estamos expuestos a la impunidad. No basta con criticar el modelo económico y de seguridad de la actual administración, debemos ya replantear a través de la exigencia de la renuncia de Peña Nieto una nueva política que proteja a los ciudadanos y garantice el respeto a sus garantías.

El país carece de instituciones legítimas y orden jurídico, por lo que tiene características de Estado fallido, la mayoría de las policías estatales y municipales no cumplen debidamente con su función. Hoy los grandes protagonistas del escenario de la vida pública del país coinciden en que hay voluntad de muchos sectores de la sociedad para crear nuevos escenarios que nos permitan vivir en un Estado de Derecho, en una democracia real que se sacuda la influencia y el poder que ejercen sobre ese territorio grupos criminales, la clase política, empresarial, el mismo Estado mexicano. Llamemos a la subversión de las conciencias para decir a nuestros gobernantes que los ciudadanos somos sus jefes y que su máxima prioridad debe ser nuestra seguridad, vivir dignamente. Hacer un llamado a una gran movilización nacional es necesario para encontrar la ruta de una gran resistencia civil no violenta. El descontento, el rencor y la protesta no han surgido de la nada. No están clasificados como un deporte. Tampoco como una patología colectiva. Sus huellas están talladas en los anales de la historia por los ofendidos, como respuesta a un suceso o a un orden económico-social que consideran injusto. Algunas veces se limitan a exigir una corrección al sistema para aliviar sus penurias. En otras, cuando consideran que las cosas son incorregibles, las ansias de cambio, bienestar y libertad, el potencial de los movimientos sociales se convierte en revoluciones, como la francesa, la estadunidense o la soviética.

El perfil de las renovadas movilizaciones en el país se ha caracterizado, hasta el momento, por la naturaleza intuitiva, defensiva, desordenada, intermitente. Han sido estimuladas por la injusticia social derivada del modelo económico neoliberal, el autoritarismo político y el desencanto ante una alternancia gatopardista que cambió todo para que no cambiara nada, ya que permanece la ausencia del diálogo, la intolerancia, la violencia institucional. El priísmo rescatado de la basura de la historia por los llamados “poderes fácticos”, luego del desastre de los teócratas panistas, robustecieron el malestar. Son las manifestaciones del rechazo al golpismo de Enrique Peña Nieto, a sus crímenes cometidos en contra de los atenquenses, la impunidad de los oligarcas de los medios, liderados por Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas Pliego, a las contrarreformas laboral, fiscal o energética. Y ahora la historia de la represión y la intolerancia hacia los jóvenes se repite, los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, IPN, UNAM y toda la educación pública que quieren privatizar.

 

 

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