“En sociedades como la nuestra, donde sólo se prende la televisión para “divertirse”, porque no se quiere saber ni de las miserias ni de las penas ajenas, es indispensable registrar lo que ocurre con las y los niños mexicanos y del mundo, quienes están sufriendo hambre, desamparo y muerte, sin que nadie sea sancionado.” 

 

El desamparo infantil revela la importancia

real que tienen las niñas y los niños para

los gobiernos del mundo (-1-)

 

VILLA-TV

por Ciber V. V.

 

Foto: Tomada de Facebook

Foto: Tomada de Facebook

 

Publicado: sábado 2 de agosto de 2014 

Niñas y niños lloran sin cesar. Si no es por hambre, es por frío y abandono; si no es por enfermedad, es por maltrato y dolor; si no es por miedo, es por odio y violencia; si no es por estar heridos, es por que casi están muertos. En el último mes, la “pantalla chica” fue el vehículo por el que muchos espectadores hicimos un pavoroso recorrido por el sufrimiento, exterminio y desesperanza nacional y global que hiere a la infancia. Panorama ominoso que nos lleva a cuestionamientos lógicos a nivel local y general: ¿dónde están las instituciones que deben velar por ella?, ¿dónde las políticas públicas?, ¿dónde los programas y acciones de apoyo?, y, ante todo, ¿dónde están y qué hacen las y los responsables para proporcionar, no sólo arreglos, sino soluciones duraderas? Es evidente que los gobernantes y los políticos, no obstante ser en su mayoría padres y madres de familia, son inmunes ante el brutal desamparo infantil que hemos testificando en todos los noticieros de la TV, semana a semana, en México y el mundo; por ello decimos que el hecho revela la importancia real que tiene para los gobiernos el cuidado de la niñez. 

En sociedades como la nuestra, donde sólo se prende la televisión para “divertirse”, porque no se quiere saber ni de las miserias ni de las penas ajenas, es indispensable registrar lo que ocurre con las y los niños mexicanos y del mundo, quienes están sufriendo hambre, desamparo y muerte, sin que nadie sea sancionado. Pero lo peor es que no se trata de catástrofes naturales, accidentes o epidemias, de errores o confusiones, sino de estrategias conscientes y bien planeadas que tienen como objetivo lograr los males que están padeciendo solos a al lado de sus familias. En nuestro país, además de su poca resistencia a la cooptación de parte del narcotráfico y del crimen organizado, los cercan los indignos sucesos en la ruta de “el tren de la muerte”[1] y en las supuestas guarderías, albergues, centros de rehabilitación, casas hogar o de refugio, anexos y demás antros. Estos se establecen en domicilios particulares y se convierten en el gran negocio de quienes cobran las cuotas de “atención” a las familias de los indefensos: enfermos, adictos, discapacitados, huérfanos o con problemas de conducta, que entran sin su propio consentimiento. 

A pesar de que infortunadamente el sometimiento y abuso está generalizado en muchos de estos lugares, no debemos hacer tabla rasa y reconocer que sí hay instituciones públicas y privadas honestas y de impecable funcionamiento. Lo que creemos más preocupante, es saber que no existen ni la supervisión suficiente ni el control necesario para que todas operen así y podamos saber, como siempre lo quisiéramos, que las niñas y los niños están bien. Los casos actualmente reportados en el Distrito Federal, en Michoacán y en el Estado de México, nublan cualquier expectativa del futuro de las y los infantes. Ni qué decir de las y los migrantes no acompañadas de México y Centroamérica, que viajan a través de distintos países para intentar reunirse con sus padres o hermanos en “el otro lado”, sin la menor idea de lo que les puede pasar; incontables son las víctimas de secuestro, desaparición, extorsión, violación, abuso sexual o trata de personas. Se sabe que huyen de la pobreza y la violencia, pero cuántos de ellos son arrojados por sus propios familiares, luego que por años han tenido que mantenerlos debido a que sus progenitores se fueron a buscar una mejor vida. 

¿Y esos padres?, ¿qué cantidad tuvo la oportunidad de conocer a sus hijos; de amarlos, alimentarlos, educarlos y jugar con ellos? No es un acto reflejo ni condicionado por completo, como sostendrían los conductistas más acérrimos, pero, ¿qué esperar de una infancia con esa infame trayectoria de vida? Las investigaciones de lo que se conoce como educación inicial, que en términos generales son los cuidados que en la crianza reciben los chavitos en las áreas física, afectiva, cognitiva, psicomotriz y sociocultural para favorecer su desarrollo, son las experiencias previas de las que se valdrán para enfrentar la vida y conducir su porvenir. Si tales experiencias son negativas, las bases que tendrán serán menos adecuadas, poco pertinentes y de escasa calidad. El problema es que esto no es diferente de lo que está ocurriendo con la niñez de Irak, Ucrania, Palestina, y del mismo Israel, países que aunque están del otro lado del mundo, son habitados y gobernados por la misma especie deshumanizada en guerra. Pero esa será la segunda parte de nuestro artículo. 

 

[1] Otro sobrenombre de “La Bestia”, tren mexicano que transporta a la población migrante del país y centroamericana, que pretende llegar a los Estados Unidos de Norteamérica.

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