Fue el encuentro con una narrativa tan magnifica y demente como exuberante y política, con las palabras que hoy usaríamos. Sin embargo, el prologo que incluye la edición española de El coronel no tiene quien le escriba[1], emplea frases, adjetivos e información que aquí nos gustaría reproducir por su atinado empleo. Por ejemplo, se habla del “…reconocimiento internacional de desacostumbrada magnitud.”[2], que produjo Cien años de soledad; de la paulatina consolidación de su reputación como “…narrador dotado de talento excepcional, dueño de un material, producto de la fantasía y la experiencia, que puede parecer inagotable.”

 

 Gabriel sí tiene quien le escriba

VILLA-TV por Ciber V. V.

 

Cuando era el Gabriel García Márquez periodista. Foto: Blog Nuevo Periodismo

Cuando era el Gabriel García Márquez periodista. Foto: Blog Nuevo Periodismo

Desde nuestra modesta trinchera virtual,

padecemos con todos la irreparable pérdida.

 Publicado: jueves 24 de abril de 2014

Luego de un intenso viaje fuera del sistema urbano, donde transitoriamente nos aislamos de la señal de telefonía móvil y demás vías de comunicación, el lunes por la noche y arriba del trolebús rumbo a casa, pasábamos al lado del Palacio de Bellas Artes cuando vimos por la ventana que algo en él había terminado; la gente se retiraba de su explanada frontal y levantaban lo instalado para el evento. Pensamos, dados los acontecimientos recientes de su salud, que podía relacionarse con Don Gabriel García Márquez, sin embargo, sin la certeza y desconfiados, tuvimos que proseguir el camino. Pasadas las 23:30 hrs., ya recostados en la cama, prendimos el televisor con el clásico pretexto de ver qué había, sólo que el listón de luto que tanto Canal 22 como Canal 11, colocan en el extremo del monitor para advertir a su teleauditorio del fallecimiento de algún personaje importante, nos alertó nuevamente. 

Pocos minutos después, cambiando de canal para saber quién era, confirmamos el cruel hecho: habíamos pasado por Bellas Artes al cabo del homenaje póstumo dedicado al autor de los Cien Años de Soledad más significativos en la historia de la literatura del mundo. A diferencia del interespacio terrenal en que estuvimos y en el que nadie sabía lo sucedido, aquí pudimos testificar, gracias a todos los que lo han hecho sobre él y su obra en estos días, que Gabriel sí tiene quien le escriba. Ellos, como nosotros, seguramente al hacerlo revivieron las terribles pérdidas que en la palabra escrita nos dejó el final del año anterior y nos está dejando el todavía joven 2014; esperemos que éste ya le pare. Pero lo que nos interesa ahora, antes de citar algunas líneas que de manera exacta se refieren a su creación, es resaltar en pocas palabras lo que significó para nosotros acercarnos a la gran novela del escritor colombiano: saber que se podía escribir algo tan maravillosos como eso. 

Fue el encuentro con una narrativa tan magnifica y demente como exuberante y política, con las palabras que hoy usaríamos. Sin embargo, el prologo que incluye la edición española de El coronel no tiene quien le escriba[1], emplea frases, adjetivos e información que aquí nos gustaría reproducir por su atinado empleo. Por ejemplo, se habla del “…reconocimiento internacional de desacostumbrada magnitud.”[2], que produjo Cien años de soledad; de la paulatina consolidación de su reputación como “…narrador dotado de talento excepcional, dueño de un material, producto de la fantasía y la experiencia, que puede parecer inagotable.”[3]; de “…la imagen de un autor que reúne, en su persona, un talento narrativo desbordante, casi abrumador, y la maestría del artista de la lengua consciente de su técnica, disciplinado y poseedor de un amplio bagaje literario.”[4]; y de las expectativas que para el público y la crítica representaba cada obra nueva suya, la cual era “…un acontecimiento de trascendencia internacional…”[5], que rápidamente se traducía y publicaba en cuantiosos idiomas y abundantes tirajes. 

Pero la belleza de su obra, como el prologo citado lo advierte, invariablemente se tiñó de conciencia: “Los violentos conflictos políticos, sociales y económicos elevan la temperatura del clima intelectual. Como la mayoría de los escritores más importantes del mundo latinoamericano, García Márquez está profundamente comprometido políticamente a favor de los pobres y los débiles y contra la opresión nacional y la explotación económica extranjera.”[6] Por ello protestamos y pasamos al registro del cúmulo de vergüenzas constante que nuestros gobernantes cometen en todos los ámbitos en los que se inmiscuyen: en el máximo foro nacional de las artes, el presidente se atrevió a hablar del autor, pero a un lector del querido “Gabo”, nunca le hubiera pasado lo que a Peña Nieto: llenar el Palacio de Bellas Artes con palabras vacías por no tener nada que decir sobre lo que significó para sí la producción realista y mágica del escritor. 

Los asesores del presidente no entendieron que hacerlo hablar elogiosamente del autor y del orgullo que representaba para el país, el que lo hubiera elegido como su lugar de residencia, incrementaría la certidumbre sobre su ignorancia. Nos recordaron que el señor no lee y nos hacen subrayar que fue de muy mal gusto, “levantarse el cuello” ante las cámaras por algo que García Márquez decidió y que seguramente tuvo más que ver con las buenas amistades que aquí lo acompañaron, que con poseer una posición acrítica ante de las oscuras realidades que conocía de México. Esas de las que el Partido Revolucionario Institucional ha sido el histórico beneficiario. ¡No les bastaba con que “el preciso” dijera a todos que se daba por enterado y que lo lamentaba! 

 

[1]GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel (1982), El coronel no tiene quien le escriba, España, Ediciones Orbis, S. A., 154pp.

[2] Ibid, p. 13.

[3] Ibid, p.14.

[4] Idem.

[5]GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel (1982), El coronel no tiene quien le escriba, España, Ediciones Orbis, S. A., p. 15.

[6] Ibid, p. 16.

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