El periodista Manuel Buendía Tellezgirón fue asesinado el 30 de mayo de 1984. Tres meses antes, el 21 de febrero, había participado en un Seminario sobre periodismo realizado por la Dirección General de Información y Relaciones Públicas de la SEP, cuyo titular era el sinaloense Ernesto Álvarez Nolasco y el secretario de Educación Pública, Jesús Reyes Heroles.

Esta es la versión estenográfica de su participación. (NdR).

 

Manuel Buendía. Foto de su libro La CIA en México.

Manuel Buendía. Foto de su libro La CIA en México

Memoria del Seminario sobre Periodismo

SEP

Dirección General de Información y Relaciones Públicas

Memoria del Seminario sobre Periodismo

20 – 28  de febrero de 1984

México, D.F., 21 de febrero de 1984

Intervención del señor Manuel Buendía, sobre el tema “Estilo”.

Segunda parte y última.

(Primera en http://goo.gl/VBkoC)

¿Cómo adquirir estilo? Es la pregunta difícil a contestar en esta charla.

Creo que el paso más importante está dado cuando el periodista asume frente a sí mismo una gran decisión de rebeldía contra la mediocridad.

Decidirse a no ser del montón, es ya un avance en el camino hacia la singularidad. ¿Qué otra cosa es el estilo sino el logro de las formas de expresión singulares, personalísimas?

Pero habrá que estar muy consientes de lo que significa esta decisión. No son pocos los que se han quedado en la simple declaración inicial, porque sabiendo después de las responsabilidades y esfuerzos que aguardaban en el camino, se arredraron. Prefirieron retornar al plácido refugio de la mediocridad, para, desde ahí, por supuesto, volverse críticos acerbos de quienes sí pudieron sacer un pié adelante.

Me parece oportuno advertir a ustedes que en el periodismo no hay peligro mayor que provocar a los mediocres. En una redacción, éstos forman una secreta hermandad cuyo único fin consiste en hacer amarga la vida a los que destacan.

¿Por dónde iniciar nuestra búsqueda? Creo que, según lo que llevamos visto, debemos empezar a hacernos un honrado examen sobre conocimientos gramaticales. Tenemos que regresar a alguno de los textos que usamos en la primaria y luego retomar el libro de gramática superior, de la preparatoria. Es necesario que nos probemos a nosotros mismos si aún conservamos la capacidad para hacer un ejercicio de análisis sintáctico sobre un párrafo del Quijote, por ejemplo.

Desde luego, no estoy hablando para los consagrados. Me dirijo a los jóvenes estudiantes de periodismo, a los redactores principalmente y hablo para mí mismo, porque después de 40 años de haber comenzado mi aprendizaje, todavía se me dificultan muchas cosas. No acabo de entender y sobre todo dominar ciertas complejidades de nuestro idioma que es el más hermoso, pero uno de los más difíciles.

No nos vendría mal, pues, meternos a un buen taller de redacción. Pero al mismo tiempo -y esta es otra de las claves importantes- debemos multiplicar extraordinariamente nuestras lecturas.

Leer poco -sólo un periódico al día, una revista a la semana y un libro allá cada dos o tres meses- sería una de las recetas más eficaces para nunca salir de la mediocridad.

En cambio, la lectura abundante suele dar tan generosos resultados que hasta cura la mala ortografía, causa de tanto desempleo de periodistas en la actualidad.

Ustedes (que trabajan en la Secretaría de Educación Pública) ¿qué excusa podrían tener para no lanzarse deleitosamente a la lectura -o relectura- de Rulfo, Arreola, Fuentes, Paz, Vasconcelos? (La espléndida tarea editorial del grupo que dirige Miguel López Azuara debe beneficiar, en primer término, a ustedes mismos).

Deleitosa pero también crítica lectura. Nada que llegue a nuestras manos debe salir de ellas sin un análisis, sin una reflexión. Tomemos cada texto para llenarlo de subrayados y de anotaciones al margen. Dejemos marcas múltiples en los libros para volver a páginas selectas. Recortemos y archivemos todo lo que nos llame la atención en periódicos y revistas.

Si hacemos esto -y aquí va la clave número tres- habremos emprendido un camino sesgado pero eficaz para construir el estilo: la imitación.

No sé si parezca herejía a algunos: pero se puede comenzar imitando. De hecho, aún los grandes escritores, en un momento de su obra, imitan consciente o inconscientemente. Luego los críticos literarios encuentran que fulano “tiene influencia” de mengano.

Para un redactor en busca de estilo puede resultar interesante esta experiencia de imitar a otro con deliberación.

Pero esta medicina es de aquéllas que deben tomarse bajo prescripción y vigilancia. Son claramente comprensibles los riesgos que se corren.

El más importante cuidado que debe de tenerse consiste en saber escoger los modelos para imitar. Si por ejemplo, ustedes leen a Sánchez Steinpreiss en Impacto, van a terminar escribiendo como él. Por ahí mismo sería fácil encontrar otros antimodelos. Como el de ese permanentemente iracundo señor que apenas iniciado la oración principal abre guiones, dentro de los guiones mete paréntesis, y dentro de éstos un buen número de frases incidentales, con negritas, cursivas y versales, en un frenético galope. Total: cuando por fin cierra los guiones, el lector ya no sabe dónde quedó el predicado de la oración principal. Esto, suponiendo que le hubiesen alcanzado el aliento y el interés para llegar hasta ahí. (Y veo que sí leen Impacto porque todos traen en la mente la persona que acabo de nombrar).

Así pues, hay lecturas que debieran estar prohibidas; no por represión política, sino por asepsia. Mientras se logra esta acción profiláctica, bueno es advertir que quien lea a estas personas lo hace bajo su más estricta responsabilidad.

Ocurre que los malos modos de escribir se pegan como los cardos a la ropa cuando uno va de paseo al campo, y luego casi no es posible quitárselos de encima. En cambio las cualidades de los buenos escritores son mucho más difíciles de desentrañar y aprender; más difíciles todavía de imitar.

Esto de la imitación puede esconder acechanzas como el consumo del alcohol. Comenzamos tomando una o dos copitas de lo que anuncian tan bonito en la televisión; unos días después se nos empieza a notar que solemos tomar bastante más de dos copitas, y luego ya no podemos prescindir del licor.

En efecto, hay quienes se quedan en la simple imitación. Tal vez nacieran sólo para eso. Pero inmediatamente se les nota y son orillados por la clientela que buscan originalidad. Siempre será preferible una gema modesta pero auténtica a un brillante falso.

En cambio, una dosis intencional pero controlada de imitación sobre un estilo excelente, no hace mal a nadie. Al contrario, pueden sacarse de ahí beneficios. Se dan casos en que el contacto tan directo con el lenguaje de los creadores, sirven de disparador al estilo propio. Es como si un buen ingeniero de minas nos llevara de la mano hasta donde está nuestro personal hallazgo; o como si al manejar sustancias en el laboratorio, de pronto diéramos con el descubrimiento que habremos de patentar como propio, para que nadie nos lo robe y si nos lo imitan que nos paguen regalías.

A partir de ese afortunado encuentro, vamos a ir disminuyendo rápidamente el componente extraño de nuestro estilo. Habremos cosechado nuestro propio vino y dejaremos en paz las barricas ajenas. No totalmente en paz, precisemos, porque siempre convendrá vigilar las cosechas de los competidores, para cerciorarnos de que nuestro vino no sólo conserva su calidad, sino la mejora.

La siguiente clave consiste en hacernos devotos cultivadores de la conversación, porque éste es un ejercicio magnífico cuyos resultados se reflejan en el estilo de escribir.

Ustedes habrán notado que los buenos escritores hablan casi también como escriben. La sencilla explicación está en la antigua sentencia: “De la abundancia del corazón habla la boca”. Nadie será capaz de plasmar belleza literaria en las páginas de un libro o de un periódico, si constantemente no está nutriendo su espíritu con tal riqueza. Nadie puede dar lo que no tiene.

Dejemos, pues, las conversaciones banales, y ocupemos el tiempo tan escaso en cultivar el arte de la conversación tanto para afinar y disciplinar nuestro propio léxico, cuanto para enriquecernos con los destellos del lenguaje oral de esos escritores y periodistas cuyo estilo nos interesa.

Y no olvidemos que el mejor conversador es aquél que sabe escuchar. Cuando tengo el privilegio de platicar con un personaje de la literatura contemporánea -y esto incluye, insisto, al periodismo- entonces me dedico casi exclusivamente a escuchar.

Todo aquello que me diga el personaje, habrá de ayudarme a ampliar conocimientos y a mejorar modos de expresión. Debemos ser tan enérgicos en este ejercicio que conviene anotar las locuciones particularmente felices, brillantes, ingeniosas, penetrantes, conmovedoras, etcétera. Nos van a servir después.

Quizá a estas alturas alguien en la sala estará pensando que yo trato de inducirlos al plagio. Tanto como eso, no; pero si alguna vez fuésemos acusados de tal, recordemos la frase de aquel poeta que, tildado de plagiario, se defendió diciendo: “Yo tomo lo mío donde lo encuentro”.

La última clave o receta que quisiera entregarles es ésta: Manténgase redactando todo el día. Se puede redactar en sueños, o durante las faenas del aseo personal. Cuando uno va prisionero en el taxi, el autobús o el Metro, se pueden hacer preciosos ejercicios de redacción. En la pizarra de la imaginación se intentan descripciones de objetos y personas que nos rodean; la gimnasia mental no tiene límites. En esos instantes, por ejemplo, es cuando vamos a resolver la estructura de una frase que se nos había estado negando, y que tan importante es para afinar el párrafo principal del artículo que ya tenemos avanzado.

James Thurber, un escritor norteamericano famoso por sus obras humorísticas, relataba lo siguiente:

“Yo nunca sé con seguridad cuándo no estoy escribiendo. Algunas veces mi mujer se me acerca en una fiesta y me dice: ‘Maldita sea, Thurber, para de escribir’. Por lo general, me agarra a la mitad de un párrafo. O bien mi hija levanta la vista de su plato, cuando está comiendo, y pregunta: ‘¿Papá está enfermo?’ y mi mujer le contesta: ‘No, está escribiendo algo’”.

Bien, aquí termina mi recetario. Si después de esto un redactor en busca de estilo no lo encuentra, será por cualquiera de estas dos causas: no servía ninguna de mis recetas, o él nació así, sin estilo. En este último caso, bastará que trate de redactar con básico respeto a las reglas de la gramática. Los lectores quedarían moderadamente agradecidos.

Gracias.

Transcripción:  Jorge Luis Villa Acevedo

Anuncios